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Noticia5 min de lectura23 de abril de 2026

Carbono azul en Chile: macroalgas y ecosistemas marinos bajo presión

Un estudio del Instituto de Ecología y Biodiversidad de la Universidad de Chile documenta la presión sobre los bosques de macroalgas patagónicos, ecosistemas con capacidad de captura de carbono que aún no tienen valoración sistemática en la política pública chilena. Para los productores de algas y los operadores que dependen de servicios ecosistémicos costeros, la pregunta es cuándo ese vacío empieza a tener consecuencias regulatorias y de mercado.

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La Patagonia chilena alberga algunos de los bosques de macroalgas mejor conservados del planeta. Lo dice la investigación disponible. Lo que no existe todavía es un sistema que traduzca esa conservación en valor económico, en política pública o en instrumentos de financiamiento accesibles para quienes trabajan en el borde costero.

Ese vacío es el que el concepto de carbono azul busca llenar — con resultados desiguales según el país y el ecosistema.

Qué es el carbono azul y por qué aparece ahora

El carbono azul es el carbono capturado y almacenado por ecosistemas marinos y costeros: praderas de pastos marinos, manglares, marismas y bosques de macroalgas. A diferencia del carbono forestal terrestre, estos ecosistemas almacenan carbono en sedimentos durante siglos.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que los ecosistemas costeros capturan carbono a tasas hasta cincuenta veces superiores a los bosques tropicales por unidad de superficie. El problema es que también se degradan más rápido y con menos visibilidad pública.

En Chile, el interés por el carbono azul no es nuevo, pero sí es reciente su traducción en investigación aplicada. El Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) de la Universidad de Chile lidera un estudio sobre los bosques de macroalgas en la Patagonia que documenta tanto su biodiversidad como las presiones que los afectan: cambio climático, actividades industriales y extracción no regulada.

Investigadores de la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC) han publicado en la revista Nature estimaciones sobre el valor económico de las algas a escala global. Las cifras son de otro orden: los ecosistemas de algas generan alrededor de 500 mil millones de dólares anuales en servicios, incluyendo captura de carbono, producción de oxígeno, hábitat para especies comerciales y protección costera.

Esos números no tienen equivalente directo en la política chilena de recursos marinos. Todavía.

La Patagonia como activo no contabilizado

Los fiordos y canales del sur de Chile concentran bosques de Macrocystis pyrifera — el alga gigante — y otras macroalgas pardas que forman estructuras tridimensionales bajo el agua. Son hábitat de peces, crustáceos y moluscos. Son también sumideros de carbono activos.

El problema es que Chile no tiene un inventario sistemático de esos bosques ni un protocolo de monitoreo que permita cuantificar su capacidad de captura con la precisión que exigen los mercados de carbono voluntarios o los esquemas de compensación regulados.

Sin esa cuantificación, los bosques de macroalgas no pueden entrar en ningún esquema de pago por servicios ecosistémicos. No generan créditos de carbono. No aparecen en las cuentas nacionales de capital natural. Y los productores que operan en zonas donde esos bosques existen no tienen ningún incentivo formal para conservarlos — más allá de la regulación pesquera existente, que no fue diseñada con ese objetivo.

El estudio del IEB documenta que esos bosques enfrentan presión creciente por el aumento de temperatura del agua superficial, la acidificación oceánica y la actividad industrial en zonas costeras. La combinación de esas presiones puede reducir la extensión y densidad de los bosques antes de que Chile haya terminado de medirlos.

Qué implica esto para quienes operan en el borde costero

Para un productor de macroalgas o un operador acuícola en la Patagonia, el carbono azul es hoy una conversación técnica y académica. Pero hay señales de que eso puede cambiar en un horizonte de dos a cuatro años.

Primero, los mercados europeos de productos del mar están incorporando métricas de huella de carbono y biodiversidad como condición de acceso. No como diferenciador de precio — como requisito de entrada. Los compradores que hoy piden certificaciones de sostenibilidad como el sello del Aquaculture Stewardship Council (ASC) o el Best Aquaculture Practices (BAP) están empezando a preguntar también por el impacto sobre ecosistemas adyacentes.

Segundo, Chile está en proceso de actualizar su Contribución Determinada a Nivel Nacional (NDC) bajo el Acuerdo de París. Los ecosistemas costeros son candidatos naturales a ser incluidos como sumideros en esa contabilidad. Si eso ocurre, la gestión de los bosques de macroalgas deja de ser solo una cuestión ambiental y se convierte en un componente de la política climática con implicaciones para las concesiones y los permisos de operación en zonas costeras.

Tercero, el mercado voluntario de carbono azul existe y está creciendo. Proyectos en Australia, Indonesia y algunos países de América Latina ya generan créditos de carbono desde ecosistemas costeros. Chile tiene los ecosistemas. No tiene aún el marco institucional ni la metodología de medición validada para participar en ese mercado.

El dato que falta para que esto sea operativo

La investigación disponible establece que los bosques de macroalgas patagónicos tienen valor de captura de carbono. Lo que no existe es la cuantificación por zona, por especie y por estado de conservación que permitiría traducir ese valor en instrumentos concretos.

El IEB trabaja en esa dirección. La PUC ha publicado estimaciones globales. Pero la distancia entre una estimación académica y un protocolo de medición validado por el Ministerio del Medio Ambiente o por un estándar internacional de carbono azul es considerable.

Esa distancia importa para el productor porque define si el carbono azul es una oportunidad de financiamiento adicional o solo un argumento de comunicación. Hoy es lo segundo. La pregunta es cuándo pasa a ser lo primero — y si Chile tendrá la metodología lista cuando los compradores internacionales empiecen a exigirla como condición, no como mérito.

El Ministerio del Medio Ambiente tiene abierto el proceso de actualización de la NDC. Si los ecosistemas costeros quedan incluidos con metodología de medición específica, ese documento será la referencia regulatoria que los operadores costeros tendrán que conocer antes del siguiente ciclo de renovación de concesiones.

Fuentes consultadas Bosques de macroalgas en Patagonia: biodiversidad amenazada por cambio climático e industrias

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